Carla y yo estábamos sentadas en el sofá de nuestra casa viendo una película de terror. La escena de la pantalla pasaba casi desapercibida para mí, porque lo que realmente me inquietaba era el lugar en el que estábamos: el mismo sofá donde, días atrás, Phillip y yo habíamos sellado nuestro silencioso acuerdo.
Ese recuerdo me provocaba una mezcla de nervios y culpa. No solo por lo que habíamos hecho, sino por seguir ocultándoselo a mi mejor amiga, a pesar que ella tampoco era del todo transparen