Aquella tarde el dolor apareció como una oleada repentina, obligándome a aferrarme al borde de la mesa de la cocina.
—Ay… —solté, con una mueca.
—¿Qué pasa? —preguntó Carla, dejando el celular a un lado.
No alcancé a responder cuando sentí algo tibio recorrerme las piernas.
—Creo que… rompí bolsa.
Carla me miró de arriba abajo con los ojos bien abiertos.
—Ah, perfecto, justo lo que me faltaba hoy —dijo irónica, mientras se ponía de pie—. ¡Vamos, arriba! Esto no es un ensayo, es la función princ