—¡Llegó la alegría de la noche!
Sonreí al ver a Kat de pie frente a la puerta de nuestra casa. Su abrazo fue tan efusivo como siempre, lo que me hizo sonreír ante la familiaridad. Me hice a un lado para dejarla pasar, y a lo lejos, escuchamos cómo Carla gritaba desde la cocina.
—¡La comida ya está lista!
—¿Cómo es que viniste sola? —le pregunté a Kat mientras la guiaba hacia el comedor.
—Necesitaba una noche de chicas —se encogió de hombros y luego me guiñó un ojo con complicidad—. Y seamos hon