Había transcurrido una semana desde que Phillip y yo habíamos llegado a una especie de acuerdo en mi sofá. Un acuerdo que, sin muchas palabras, se había sellado con nosotros desnudos, cediendo al deseo sin resistencias.
No podía negarlo… tener sexo con Phillip era maravilloso. Había algo en su forma de tocarme, de besarme, de mirarme, que me hacía sentir viva, como si por fin hubiese bajado la guardia después de años con la armadura puesta. Pero al mismo tiempo, esa intensidad me descolocaba, p