—¿Te pasa algo, Fran?
La pregunta flotó en el aire de manera sutil. Me limité a encogerme de hombros en respuesta, fingiendo desinterés, aunque por dentro era un hervidero de nervios. La música del bar estaba tan alta que apenas podía oír mis propios pensamientos, lo que no ayudaba en absoluto a calmar mi ansiedad.
Habíamos llegado hacía menos de diez minutos, y yo ya no podía controlar los pequeños gestos que me traicionaban: jugueteaba con la servilleta, movía una pierna sin parar, y revisaba