—¡Esto es una maldición!
Escuché aquel grito y el sueño que estaba teniendo comenzó a desvanecerse poco a poco, arrastrando conmigo esa sensación cálida del descanso. Entre abrí los ojos con pereza, centrándose en la voz que comenzaba a acercarse más a mí.
—¡Fran, despierta!
Sentí cómo Carla tiraba de mis cobijas con fuerza, obligándome a incorporarme sobre la cama.
—¿Qué pasa? —murmuré con voz pastosa, frotándome los ojos.
—¡Estamos malditas! —exclamó mientras caminaba por la habitación como