Había pasado más de una hora desde que la enfermera salió de mi habitación prometiendo traer al médico, pero nadie había regresado.
Nada. Ni una voz, ni un paso. El silencio me estaba volviendo loca.
Volví a tocar el botón de la campanilla que colgaba sobre mi cama.
Una, dos, tres veces… quince minutos y nada. El sonido insistente y agudo ya era parte del ambiente, pero a nadie parecía importarle.
Finalmente, dos toques suaves en la puerta rompieron el silencio.
—¡Pase! —grité con voz tensa,