—Luciana, querida —Catalina se sentó junto a su hija y le tomó con dulzura las manos—, no es que quiera regañarte, pero no puedes ser tan caprichosa. Tu padre y yo apenas nos ganamos la vida, y solo cuando te casaste con Alejandro pudimos vivir en una casa tan bonita. Él está herido y tú no estás a su lado cuidándolo, ¿qué clase de esposa eres?
—¿No les dijo nada más? —preguntó Luciana.
—Sí, dijo que estabas enojada con él y nos pidió que habláramos contigo. Luciana, ya déjense de peleas, él adm