Andrés intentó levantarse para huir.
Pero la mujer lo miró con desprecio.
—Con lo que te puse, hasta un toro caería. No vas a poder ir a ningún lado.
Andrés tragó saliva, aterrorizado.
—¿Tú… quién eres? ¿Por qué me haces esto?
—Trabajo por encargo —respondió ella, mientras sus dedos se deslizaban por el pecho firme de Andrés.
—Primera vez que me toca un trabajo que me da placer y me paga tan bien —añadió con picardía.
Andrés se enfureció.
—¡No te atrevas!
La mujer se río.
—Te tengo en mis manos