Kael
La bruma de la mañana aún cubría las colinas cuando dejé la casa de piedra.
El suelo bajo mis pies vibraba suavemente, cargado de los murmullos de la tierra, de sus llamados sordos que solo los míos podían oír. En el aire flotaba el olor acre del rocío, mezclado con el de la selva, más primitivo. Y en mis venas… el mismo fuego. El mismo vértigo. Como un escalofrío bajo la piel del mundo.
Ya no dormía. No realmente. Desde hacía días.
Mis noches estaban habitadas. Poseídas.
Siempre por el mi