El timbre sonó como un disparo en medio del silencio.
No me había movido de la cama en horas. ni siquiera recordaba en que momento me había quedado dormida, seguía con la misma ropa, la misma tristeza, la misma desesperanza.
—¡Abre! ¡Soy yo, Diana! —gritó del otro lado de la puerta—. ¡ANA!
Arrastre los pies hasta la entrada, y apenas abrí. Diana me abrazo con fuerza. No dijo nada de inmediato. Solo me sostuvo.
—Mierda, Ana… todo esto se está enredando horrible. —Me miró con los ojos al borde d