Desperté con los ojos secos. No porque ya no doliera, sino porque el cuerpo, en algún momento, se rinde.
El celular vibró sobre la mesa de noche. Pensé —ingenuamente— que podía ser Fabián, arrepentido. Pero no.
Era Mathias.
Contesté sin fuerzas.
—¿Ana? —su voz sonaba suave, como si no quisiera herirme más—. Lo siento por llamarte tan temprano, pero necesitaba aclararte algo.
—Dime… —murmuré, sentándome en la cama, con la voz aún dormida de tanto llorar.
—Vi lo que salió en los medios esta mañan