Esa noche, el silencio fue más cruel que cualquier grito.
No lloré de inmediato. Me quedé sentada en la sala, en la misma posición durante horas, con los ojos fijos en nada. Porque cuando te rompen así, ni siquiera sabes cómo armar el llanto.
Es como si el alma se te congelara, pero al mismo tiempo te quemara por dentro.
Me había terminado. Así, sin una caricia, sin una disculpa. Solo porque creyó lo que quiso creer. Solo porque para él era más fácil culparme… que aceptar lo que sentía por mí.