Llegué a la oficina más temprano que nunca. Los tacones resonaban con fuerza en los pasillos, aunque por dentro me costaba incluso respirar.
El espejo del ascensor me devolvió un reflejo descompuesto. Maquillaje impecable, cabello peinado, postura erguida. Nadie podría notar que por dentro estaba rota. Ni siquiera yo.
Pero Fabián no se merecía verme destruida. No después de todo.
Me senté en mi escritorio, fingiendo revisar informes que no leía. Pasaban los minutos, las horas, y él no salía de