Los golpes desesperados contra la puerta sacudieron la calma artificial de la casa. Fabián llegó como una ráfaga, furioso, con la mandíbula tensa y los ojos desencajados. El padre de Ana fue quien abrió, sin ocultar su enojo.
—¿Qué es lo que acaba de pasar, Fabián? —preguntó con dureza, atravesándolo con la mirada.
Fabián se pasó las manos por el cabello, visiblemente alterado.
—Voy a arreglar todo este maldito asunto. Pero necesito ver a Ana. Por favor —dijo con voz más baja, sin dejar de mira