Los días siguientes fueron similares. Rutina. Tensión. Silencios. Órdenes. Miradas esquivas. Noches en las que llegaba a casa exhausta, pero no por el trabajo, sino por el esfuerzo sobrehumano de fingir que todo estaba bien.
A veces, Rosita me hacía reír con alguna historia de su juventud o con sus teorías sobre la vida. Decía que cada persona llega a enseñarnos algo. Que Fabián, con toda su oscuridad, me estaba ayudando a encontrar mi propia luz.
No estaba segura de eso todavía, pero me aferra