Habían pasado tres semanas desde el último enfrentamiento real con Fabián. No hubo más llamadas a medianoche, ni mensajes insistentes. Tampoco se apareció de nuevo en mi casa intentando meterse en mi cama con ese discurso intoxicante que tantas veces me confundió. Y lo agradecía.
Mi vida, aunque todavía en ruinas por dentro, empezaba a ordenarse por fuera.
Cada mañana me levantaba temprano, me duchaba con agua muy fría —como si así pudiera borrar los restos de lo que alguna vez fue él en mi pie