Salí de la oficina de Fabián con el alma hecha trizas. Sentía que apenas podía caminar. Los tacones me dolían, los ojos me ardían, y la garganta me quemaba por todo lo que no pude gritar.
Me senté en mi escritorio como una autómata, fingiendo que trabajaba mientras mi mente estaba en otra parte. Miraba de reojo la puerta de su oficina, rogando en silencio que regresara. Que entrara de nuevo solo, sin Verónica. Que me buscara. Que me dijera algo, lo que fuera… aunque fuera una pelea. Pero no vol