Salí de la mansión con desesperación, como si me estuviera escapando del incendio que él mismo había provocado. Tomé un taxi a la carrera, y apenas me senté, las lágrimas empezaron a caer sin control. No podía perderlo. No a Fabián. No así.
Porque, a pesar de todo, yo seguía profundamente enamorada de él.
Llegué a casa, me cambié con rapidez —más por inercia que por lógica— y salí de nuevo, esta vez rumbo a la oficina, con el corazón palpitando en la garganta. Al llegar, todos ya estaban en sus