—Lo mejor es que te quedes sola, tranquila —dijo Gerard en voz baja, posando su mano con cuidado sobre la mía.
Asentí sin fuerza, sintiendo cómo el corazón me latía como si quisiera salirse del pecho. Él salió y, al instante, entraron las enfermeras, los doctores… todos con un cuidado minucioso, con rostros serios, evitándome la mirada directa.
No decían nada concreto, solo que estaban pendientes, que me monitorearían constantemente. Pero no hacía falta que lo dijeran. El ambiente lo gritaba.
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