El silencio que quedó tras mis palabras fue sepulcral.
—El bebé es tuyo, Fabián —repetí, con el alma hecha pedazos.
Fabián se quedó de pie, como congelado. Sus labios temblaron, pero no logró articular palabra. La expresión en su rostro se desfiguró. Todo en él cambió de golpe. El color le abandonó la piel, y sus ojos se llenaron de una mezcla de incredulidad y un dolor que jamás había visto en él.
—No… —murmuró apenas—. No puede ser…
La tensión explotó como una bomba. El médico revisó rápidame