La oficina de Sofía se había convertido en su santuario. Era el único lugar donde podía refugiarse del caos que la perseguía desde aquella noche. Entre los cristales fríos y las luces blancas del edificio, se sentía protegida. Allí era invencible, la jefa implacable, la mujer que nadie podía tocar. O al menos, eso quería creer.
El sonido del teclado de su computadora era su única compañía. Cada golpe de tecla era un intento desesperado por acallar los pensamientos que la atormentaban. Pero por