La mañana siguiente amaneció con una calma engañosa. Los primeros rayos del sol se filtraban entre las cortinas del dormitorio, dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas. Sofía abrió los ojos lentamente, como si temiera enfrentarse a la realidad. El silencio era absoluto, solo interrumpido por el sonido lejano del tráfico y su propia respiración irregular.
Max dormía a su lado, con el rostro relajado, sin rastros del deseo y la intensidad que la noche anterior habían marcado cada bes