La noche cayó con una intensidad inusual sobre la ciudad. Las luces de los autos se reflejaban en los charcos del asfalto, y el viento arrastraba el murmullo de un viernes que apenas comenzaba. Sofía caminaba sin rumbo fijo, con las manos dentro del abrigo y la mente atrapada en un torbellino. Las palabras de Max resonaban una y otra vez en su cabeza, golpeando las paredes de su razón. Había jurado no volver a mirarlo de esa manera, no volver a sentir lo que sentía… pero, aun así, el eco de su