El aire del restaurante seguía impregnado de una tensión tan densa que parecía imposible respirar con normalidad. Max la observaba, cauteloso, como si cada movimiento suyo pudiera provocar una reacción impredecible. Sofía mantenía la mirada fija en el vino frente a ella, intentando recuperar el control que él parecía arrancarle con solo mirarla. Sus labios aún temblaban, no por miedo, sino por todo lo que contenía desde hacía años.
La confesión de Max había caído como una chispa sobre un terren