Los días siguientes fueron una prueba constante de resistencia para Sofía. Cada vez que Max aparecía, su mundo interno se desestabilizaba. A pesar de sus intentos por mantener la distancia emocional, había algo en su presencia que la sacudía. No era solo el recuerdo del pasado, sino el presente, tan real y confuso, que amenazaba con derribar las murallas que había construido a lo largo de los años.
Durante las reuniones de trabajo, las miradas entre ambos eran cada vez más difíciles de evitar.