Alaia Kendrick
El motor del Volvo negro ronroneaba con una suavidad casi imperceptible mientras conducía por las calles que me llevaban de vuelta a mi realidad. Tenía las manos firmes sobre el volante de cuero, pero mi mente y mi cuerpo seguían atrapados entre las cuatro paredes de mármol de aquella ducha empañada por el vapor. Aún podía sentirlo. No era una metáfora; era una realidad física que me hacía contener el aliento en cada bache del camino. Sentía mi vagina adolorida, palpitante y lle