La mañana comenzó con un silencio extraño, distinto al habitual de la mansión.
No era calma…
Era presión.
Como si la casa misma supiera que algo estaba a punto de estallar.
Sofía bajó temprano, con la caja musical bien escondida bajo la almohada.
La melodía seguía acompañándola por dentro, como si la protegiera de algo que aún no sabía nombrar.
Cuando entró en la cocina, Natalia ya estaba allí, apoyada en la encimera, con los brazos cruzados y una sonrisa que anunciaba veneno.
—Llegas tarde —dijo ella, aunque no lo estaba.
Sofía abrió un armario sin mirarla.
—Son las siete y cinco, Natalia.
—Exacto —sonrió ella—. Tarde.
Sofía respiró hondo.
No iba a darle el gusto.
—¿Qué necesitas?
—Isabel quiere el comedor listo. Y tú… —la miró de cabeza a pies— tú deberías ser más cuidadosa con tu actitud. Estás… ¿cómo decirlo finamente? Crecida.
Sofía dejó una jarra sobre la encimera con suavidad extrema, justo para no romperla.
—Debo de haber dormido bien —dijo—. A veces pasa.
Natalia chasqueó la