Sofía no dijo nada cuando Eduard volvió a entrar en la casa.
No porque no hubiera notado el cambio en su forma de caminar —más rígida, más calculada— ni porque no hubiera visto cómo guardaba el móvil demasiado rápido, como quien esconde algo que aún no sabe explicar.
No dijo nada porque aprendió, demasiado pronto en la vida, que a veces el silencio es la mejor forma de escuchar.
Eduard dejó las llaves sobre la mesa.
—¿Todo bien? —preguntó él, fingiendo normalidad con una precisión casi perfecta.
Sofía lo miró desde el sofá.
—Claro —respondió—. ¿Por qué no iba a estarlo?
Eduard sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
Sabía que no la había convencido.
—Voy a salir un rato —dijo—. Necesito revisar unas cosas en el pueblo. No tardaré.
Ahí estaba.
No “si quieres venir”.
No “¿te apetece?”.
Solo una decisión más.
Sofía asintió despacio.
—No te preocupes. Aquí estaré.
Eduard dudó.
Ese pequeño segundo lo delató.
Se acercó y se inclinó frente a ella, bajando la voz.
—No abras a nadie.