Sofía tardó horas en dormirse.
No porque la casa fuera incómoda —al contrario, el silencio del lago era casi hipnótico— sino porque su mente no se callaba.
La imagen de Natalia hablando con aquel hombre seguía ahí, repetida, nítida, imposible de borrar.
No había gritos.
No había amenazas explícitas.
No había pánico.
Y eso era lo que más la inquietaba.
Natalia no parecía alguien que hubiese perdido el control.
Parecía alguien a quien algo no le había salido exactamente como quería.
Cuando por fin cerró los ojos, lo hizo con una decisión silenciosa:
No iba a enfrentarse a nadie todavía.
No iba a correr.
Pero tampoco iba a volver a ser espectadora.
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Eduard no durmió.
Se quedó sentado en la silla del comedor con el portátil abierto, revisando contratos antiguos, movimientos bancarios, autorizaciones de seguridad que no recordaba haber firmado… y que, sin embargo, llevaban su nombre.
O peor aún: la firma electrónica de su madre.
Cada documento era una grieta más.
No tenía pruebas concluye