No juegues

Sofía tardó horas en dormirse.

No porque la casa fuera incómoda —al contrario, el silencio del lago era casi hipnótico— sino porque su mente no se callaba.

La imagen de Natalia hablando con aquel hombre seguía ahí, repetida, nítida, imposible de borrar.

No había gritos.

No había amenazas explícitas.

No había pánico.

Y eso era lo que más la inquietaba.

Natalia no parecía alguien que hubiese perdido el control.

Parecía alguien a quien algo no le había salido exactamente como quería.

Cuando por fi
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