Natalia al mando

Natalia no soltó la manija de la puerta.

Ni parpadeó.

Solo observó a Eduard y Sofía en la cama como si hubiera encontrado la prueba final de una traición personal.

—Vaya… —susurró, su voz fina como un cuchillo—. Qué escena tan… íntima.

Eduard despertó sobresaltado.

Le bastó un vistazo a Sofía a su lado, y luego a Natalia en la puerta para entender el caos.

—Natalia —gruñó—. Sal de aquí.

—¿Oh? —ella sonrió, venenosa—. Así que ahora sí sabes que tengo que salir. Qué curioso, porque la otra noche… no me necesitabas fuera. ¿Verdad?

Sofía sintió el rostro arder.

—No es lo que parece —dijo, sin saber ni siquiera qué significaba esa frase y por qué la decía… era ella la prometida, no la amante.

Natalia soltó una risa suave, pero sin humor.

—Cariño, yo sé exactamente lo que parece.

Eduard se levantó de la cama, irritado, despeinado, con la camisa medio abierta.

La escena no ayudaba.

—Tú y yo ya hablamos de esto —dijo él, más tenso que nunca—. Esto es solo un compromiso negociado por intereses
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