—¿Está diciendo que… cree que soy yo?
La pregunta quedó suspendida entre ambos, pesada, dolorosa, imposible de ignorar.
Arthur no respondió enseguida.
No podía.
Sofía sintió que él la observaba como si cada gesto suyo fuera una pista, un fragmento olvidado de un rompecabezas demasiado antiguo.
La mirada de Arthur se detuvo en la pequeña marca de su ceja.
La misma que Sofía nunca supo cómo se hizo realmente.
La misma que los Becker jamás explicaron.
Finalmente, Arthur inhaló profundamente.
—No puedo afirmarlo —dijo, y su voz estaba levemente rota—. Pero tampoco puedo descartarlo.
Sofía sintió un vértigo extraño.
—Entonces… ¿por qué me lo dices?
—Porque ya no puedo cargar solo con esta duda —respondió Arthur—. Porque si tú no eres… —cerró los ojos un instante— si no eres mi hija, entonces llevo veinte años persiguiendo sombras.
Y si sí lo eres…
Abrió los ojos.
—…entonces has vivido una vida que jamás debiste vivir.
Las piernas de Sofía temblaron.
—Yo… yo no recuerdo nada.
—A esa edad na