Los murmullos en la sala se apagaron de golpe.
Un hombre acababa de entrar por las puertas principales, vestido con traje negro, expresión seria y la mirada clavada en Sofía como si el resto del mundo no existiera.
Sebastián dio un paso dentro del salón, y Sofía sintió que todo el aire desaparecía de repente.
Cada cabeza giró hacia él.
Cada murmullo se apagó.
Y Sofía, por un instante muy breve, sintió esperanza.
Un deseo egoísta.
Un “¿y si…?”
Pero cuando miró a Eduard…
…esa esperanza se desmoronó.
Él no solo estaba tenso.
Estaba herido… de una manera que ella no lograba entender… y que tal vez él tampoco quería admitir.
—Sofía —dijo Sebastián cuando llegó frente a ella—. Tenía que venir.
Su voz…
esa voz que le había hablado con tanta ternura en el hospital…
le recorrió la piel como un rayo.
Eduard se endureció más.
Victoria Becker, sin perder la sonrisa social, apretó la copa con tanta fuerza que estuvo a punto de romperla.
—No deberías estar aquí —dijo Eduard, frío como una hoja afi