Sofía se despertó con la garganta seca y el estómago retorcido.
No había dormido.
Ni un minuto.
Cada vez que intentaba cerrar los ojos, escuchaba la voz de Eduard cortando el aire:
“Mañana hablaremos del acuerdo prematrimonial.”
Acuerdo.
Normas.
Cláusulas.
Nada de “nosotros”.
Nada de “confianza”.
Solo un contrato.
Como si ella fuera una adquisición más.
Se sentó en la cama, abrazándose las piernas.
—¿Qué estoy haciendo aquí…? —susurró.
La habitación no era suya.
Ni siquiera sabía si realmente tenía un lugar en esa mansión.
Respiró hondo.
Tenía que bajar.
Tenía que enfrentarlo.
Abrió la puerta.
Y… se perdió.
⸻
El pasillo parecía interminable.
Cada vez que doblaba, aparecían más puertas, más alfombras demasiado caras, más cuadros de antepasados que la observaban como si no perteneciera allí.
—¿Cuántas habitaciones tiene esta casa? —murmuró, desesperada.
Intentó recordar el camino por el que la habían traído anoche… pero entre los nervios, el cansancio y la tensi