Maryam no entendía nada.
El corazón le latía con fuerza, confundido entre la rabia y el desconcierto. Miraba a Hernando sin reconocerlo.
Aquel rostro, que alguna vez le había parecido el refugio más seguro del mundo, ahora solo reflejaba frialdad, furia contenida y un odio que quemaba.
“Este no es el hombre de mi recuerdo —pensó, apretando los labios—. Aquel que me abrazó aquella noche, que me susurró, que no me odiaba, que podía llorar a gusto, no existe. Eso debió ser un espejismo, una ilusión