Al día siguiente, la mansión se sentía diferente, como si las paredes mismas estuvieran absorbiendo la tensión que se cernía sobre el ambiente.
Martín y Pedro llegaron, sus pasos resonando en el vestíbulo, y al entrar al salón principal, la atmósfera se volvió aún más pesada.
La abuela estaba sentada en su sillón favorito, una figura imponente que irradiaba autoridad y desdén.
A su lado, Ilse, su hija, se encontraba en silencio, esperando que ellos entraran, que Pedro, su esposo, suplicara a su