Por la mañana, Martín llegó a aquella mansión que conocía demasiado bien, aunque cada vez que cruzaba ese enorme portón sentía un escalofrío distinto, más profundo, más lleno de repulsión.
El aire olía a perfume caro, a muebles recién pulidos y a falsedad. Una mezcla perfecta para ella: Ilse, su madre.
Afuera, Manuel lo esperaba junto al auto.
Caminaba de un lado a otro como un hombre atrapado entre el deber y el miedo.
No podía evitarlo: le aterraba la idea de que Martín perdiera el control.
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