Fely estaba en la comisaría, con el rostro empapado en lágrimas y el corazón deshecho. No dejaba de temblar.
El sonido de los barrotes, el murmullo de los oficiales, el eco del dolor ajeno... todo la hacía sentir como si estuviera atrapada en una pesadilla sin fin.
—Por favor... —susurraba una y otra vez—. No puede estar pasando esto.
Tomó el teléfono con manos temblorosas. Marcó el número de Pedro, una, dos, tres veces… pero nadie contestó.
—Por favor, contesta... Pedro, no me dejes sola —sollo