—¡Mayte! —Manuel gritó con toda la fuerza que le quedaba. Su voz resonó por el pasillo blanco del hospital como un eco desesperado.
El dolor en su cuerpo era insoportable, pero el dolor del alma lo estaba consumiendo más. Trató de incorporarse, pero una punzada en el pecho lo obligó a volver al colchón.
Del otro lado de la habitación, su madre, Ilse, lo sujetó por los hombros, suplicándole con la mirada.
—Hijo, por favor... Cálmate. No puedes moverte, estás débil, todavía no te has recuperado.
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