—¡No! ¡Esto no puede ser! Déjame explicarte, Ilse, por favor —gritó Pedro, con la voz quebrada, sus ojos desorbitados, aferrándose al último hilo de control que le quedaba.
Ilse lo miró fijamente, los ojos enrojecidos por el llanto contenido, el rostro endurecido por el dolor y la decepción.
En un impulso, la rabia se apoderó de ella. Su mano voló con fuerza, y la bofetada resonó en toda la sala.
El golpe fue seco, certero. Pedro se quedó paralizado, con la mejilla marcada, sin palabras. En su m