Martín la miró con rabia pura, esa rabia que nace de sentir la traición clavada en lo más hondo. La voz le salió áspera, rota.
—¡Lárgate! —gritó, y la palabra rebotó en las paredes como un latigazo—. ¡Lárguense los dos de mi casa!
Los guardias, obedientes como sombras de autoridad, entraron sin titubear y los empujaron hacia la salida.
Pedro y Fely forcejeaban, insultaban, intentaban recuperar algo que ya no existía; gritaban con desesperación, como si no pudieran creer que por fin hubiesen sido