—¡Nunca me divorciaré de mi esposo! —exclamó Mayte, mientras cargaba a su pequeño hijo en brazos.
Su voz resonó con una firmeza que ocultaba la tormenta emocional que se desataba en su interior.
La determinación de Mayte era palpable, pero también lo era su vulnerabilidad. Sabía que la situación era complicada, pero no podía permitir que su familia se desmoronara.
Pamela la miró con rabia, una furia bullendo en su sangre, pero se sintió impotente.
Las palabras de Mayte la golpearon como un puñet