Juliette
El sonido rítmico del monitor cardíaco marcaba el paso del tiempo. Abrí los ojos con pesadez. La luz de la habitación era tenue, azulada. Ya era de noche.
Me sentía débil, como si me hubieran vaciado por dentro y me hubieran rellenado con algodón, pero el dolor agudo de cabeza había desaparecido.
Giré el rostro hacia la izquierda.
Seth estaba allí.
No estaba sentado en el cómodo sofá de visitas que había al fondo de la suite privada. Estaba sentado en una silla de plástico rígido, pegada a mi cama, incomodísimo para un hombre de su tamaño. Tenía los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos, en una postura de derrota absoluta.
—Seth... —susurré. Mi garganta se sentía como si hubiera tragado arena.
Él levantó la cabeza de golpe.
Verlo me dolió más que el pinchazo de la vía en mi brazo. Tenía los ojos inyectados en sangre, ojeras oscuras marcando su piel bronceada y una sombra de barba de dos días que le daba un aspecto salvaje y agotado.
—Est