Juliette
El infierno no era el fuego. El infierno era el hielo.
Habían pasado veinticuatro horas desde que Seth destrozó la lámpara contra la pared, y desde entonces, no me había dirigido la palabra si no era para dar una orden directa.
Me había degradado.
Mi inútil escritorio seguía en la esquina, pero ahora mi trabajo no consistía en revisar balances o asistir en reuniones.
—El archivo del sótano es un desastre —había dicho esa mañana, sin mirarme, mientras firmaba documentos—. Quiero que lo organices. Alfabéticamente. Caja por caja.
Era un trabajo para un pasante, no para una ex vicepresidenta. Era un castigo diseñado para mantenerme lejos, sucia y ocupada.
Pasé la mañana cargando cajas pesadas llenas de polvo en el subsuelo del edificio, rompiéndome las uñas y tosiendo. Pero no me quejé. Acepté el castigo en silencio, sintiendo que, de alguna manera retorcida, me lo merecía por haber dudado de él.
Cuando subí a la hora del almuerzo, cubierta de polvo y con dolor de