Juliette
Volver al penthouse fué extraño.
Caminé por el mismo vestíbulo de mármol, subí en el mismo ascensor privado, pero el aire se sentía diferente. Ya no pesaba. Los muros de cristal que antes me parecían barrotes de una jaula dorada, ahora dejaban entrar una luz de atardecer que pintaba el salón de ámbar y miel.
Seth no me permitió caminar más de lo necesario. Me llevó casi en vilo hasta el sofá, me cubrió con una manta de cachemira y me puso un cojín bajo los pies.
—Deja de tratarme como si fuera de porcelana —protesté débilmente, aunque en el fondo, me encantaba.
—No quieras fingir que esto no te gusta, te conozco como la palma de mi mano, bonita.
Mordí mi labio inferior, ocultando a medias mi sonrisa.
Se sentó en la mesa de centro, frente a mí, observándome en silencio. No había ido a la oficina. Había apagado su teléfono corporativo, algo que yo creía imposible en el universo de Seth Saint James. Su ordenador estaba cerrado. Su atención era cien por ciento mía.