Juliette
Dos horas.
Ese fue el tiempo exacto que permanecí sentada en la silla de Sara, la secretaria, mirando la puerta cerrada de madera maciza como si pudiera incendiarla con la mente. Sara, incómoda por mi presencia y por la tensión que irradiaba, había inventado una excusa para irse a almorzar temprano, dejándome sola en el purgatorio.
Dos horas de silencio, interrumpidas ocasionalmente por risas amortiguadas que se clavaban en mi pecho como agujas.
Mi imaginación era mi peor enemiga. Visu