Juliette
Dos horas.
Ese fue el tiempo exacto que permanecí sentada en la silla de Sara, la secretaria, mirando la puerta cerrada de madera maciza como si pudiera incendiarla con la mente. Sara, incómoda por mi presencia y por la tensión que irradiaba, había inventado una excusa para irse a almorzar temprano, dejándome sola en el purgatorio.
Dos horas de silencio, interrumpidas ocasionalmente por risas amortiguadas que se clavaban en mi pecho como agujas.
Mi imaginación era mi peor enemiga. Visualizaba a Lydia sobre el escritorio de cristal. Visualizaba las manos de Seth —esas manos grandes que habían recorrido mi cuerpo en Italia— tocándola a ella. Recordaba las palabras de Lydia: "Su modus operandi". ¿Le estaría diciendo "bonita"? ¿La estaría mirando con esa intensidad que yo creía exclusiva para mí?
Me sentía enferma. Físicamente enferma de celos.
Era una sensación corrosiva, caliente y humillante. Yo tenía un marido. Tenía un contrato que me reducía a una sirvienta glorificada. No