Juliette
El viaje de regreso a la villa en la lancha fue silencioso. Pero no era el silencio cómodo de la ida, donde las miradas lo decían todo. Era un silencio fúnebre.
Seth no me tocó. Mantuvo la vista fija en el horizonte oscuro, con la mandíbula tan tensa que parecía tallada en piedra. Su teléfono no paraba de vibrar en su bolsillo, una y otra vez, como un corazón taquicárdico, pero él lo ignoraba.
Al llegar a la villa, el paraíso se sentía contaminado.
Entramos en la sala principal y Seth fue directo al bar. Se sirvió un whisky doble sin hielo.
—Seth... —intenté acercarme, tocar su brazo, recuperar al hombre que me había comprado un helado hacía dos horas.
Él se apartó bruscamente.
—No —dijo, levantando una mano para detenerme—. No hables. Necesito pensar cómo evitar que esa jodida foto provoque un escándalo.
—Fué solo una foto —dije, tratando de minimizar el pánico que crecía en mi estómago—. Tal vez no la publiquen, tal vez no...
Seth soltó una risa seca y cruel. Sacó su teléfo