Juliette
El vestido rojo era un arma de doble filo.
Tal como Seth había advertido, la prenda era escandalosa. La seda carmesí se deslizaba sobre mi cuerpo como una segunda piel, abrazando cada curva, cada respiración.
Pero lo peor —o lo mejor, según los ojos oscuros de quien lo había elegido— era la espalda. Estaba completamente descubierta hasta un punto peligrosamente bajo en mi zona lumbar.
Me sentía expuesta. Vulnerable. Y al mismo tiempo, extrañamente poderosa.
Cuando el ascensor del penthouse se abrió, Seth ya me estaba esperando.
Me detuve en seco.
Si yo me sentía expuesta, él parecía blindado.
Llevaba un esmoquin negro hecho a medida que resaltaba la anchura de sus hombros y esa elegancia depredadora que había perfeccionado en estos cinco años. Estaba de espaldas, sirviéndose un trago, pero se giró al escuchar mis tacones.
Su mirada me golpeó físicamente.
Sus ojos recorrieron el vestido, empezando por mis sandalias de tiras y subiendo lento, tortuosamente lento, por mis piern