Juliette
El viaje de regreso al penthouse fue un borrón suicida de luces de neón y asfalto.
Seth conducía el deportivo con una sola mano, la sana, mientras la otra, la que había destrozado la copa, descansaba sobre su regazo envuelta en una servilleta de lino que ya estaba completamente empapada de sangre oscura.
El velocímetro marcaba cifras ilegales. El motor rugía como una bestia herida, haciendo eco de la furia que emanaba del hombre a mi lado.
Yo me aferraba al cinturón de seguridad, con el corazón en la garganta. No me atrevía a hablar. No me atrevía a respirar. El aire dentro de la cabina estaba tan cargado de violencia contenida que sentía que una sola palabra encendería la mecha.
Cuando el coche frenó en seco en el garaje privado del edificio, mis cervicales protestaron. Seth apagó el motor y salió del vehículo sin esperarme, azotando la puerta.
Lo seguí casi corriendo hacia el ascensor.
El trayecto hacia el último piso fue asfixiante. Seth miraba las puertas metálicas, respi