La suavidad de las sabanas acariciaba su rostro y un olor nauseabundo se instaló en las fosas nasales. La sensación de haber tomado malas decisiones recorría las pocas neuronas que quedaban con vida en su cerebro. Un penetrante dolor en el costado le hizo gemir al intentar incorporarse. Se encontraba en su habitación, en su propia cama. No hacía falta abrir los ojos para sentir la familiaridad del lugar. El cuerpo le gritaba que la noche anterior se excedió con la bebida, algo que solo ocurría